Hay un misterio en esas palabras:
«De aquel día y aquella hora nadie sabe nada: ni los ángeles, ni el Hijo, sino solo el Padre».
¿Cómo es posible que el Verbo Eterno no lo sepa?
¿Cómo puede la Luz misma desconocer su propio amanecer?
Quizá la respuesta no resida en la ignorancia, sino en el amor.
Pues el amor no impone su reconocimiento.
El amor espera a ser acogido.
La venida del Hijo no es una intrusión estruendosa en la creación;
es el florecimiento de una semilla oculta plantada hace mucho tiempo,
y esa semilla solo puede florecer cuando el suelo del mundo esté preparado.
Por eso no se puede conocer el momento de Su revelación,
porque depende de la disposición de los corazones.
Cada alma que despierta acelera la hora;
cada acto de misericordia acerca el horizonte.
Sin embargo, el momento no está fijado, porque la libertad es real —
y el amor no infringirá su propia ley.
Solo el Padre lo sabe,
porque solo el Padre ve todo el campo de los corazones humanos —
la maduración secreta de la compasión,
las oraciones invisibles de los humildes,
la convergencia de todos los anhelos que un día abrirán los ojos del mundo.
Solo Él contempla esa constelación oculta que se forma en el tiempo,
y cuando por fin se alinee, el Hijo brillará abiertamente.
Al Hijo no le «falta» conocimiento;
Él respeta el misterio del saber del Padre.
Sabe que la revelación debe ser mutua,
que el Reino no puede descender hasta que la tierra exhale su «Amén».
Así pues, el Hijo espera —no ociosamente, sino con amor.
Sigue caminando entre nosotros,
en cada acto de bondad, en cada sufrimiento compartido,
llamando a puertas que solo nosotros podemos abrir.
Y cuando se hayan abierto suficientes puertas,
cuando suficientes corazones hayan dicho «Ven»,
entonces llegará la hora —
y toda la creación descubrirá
que la tan esperada Venida
siempre estuvo más cerca que nuestro aliento.