Creo que la obediencia a la voluntad del Padre es la vida misma.
Que el sacrificio de uno mismo no es el camino hacia la muerte, sino la puerta hacia la existencia eterna.
Creo que la muerte es vista por testigos,
pero es anulada por la misericordia superior del Padre.
Lo que parece una derrota se transforma en gloria.
Creo que el Hijo no se jactó de su sufrimiento,
pues la victoria no es su logro, sino la generosidad del Padre.
El Cristo resucitado no lleva cicatrices de trauma,
solo signos para despertar la fe.
Creo que nadie que se encomiende a Dios saboreará la muerte,
pues Él traslada a Sus hijos al marco
donde la muerte nunca se aferra,
donde el dolor no deja recuerdo,
y el sufrimiento no tiene aguijón.
Creo que la resurrección no es el renacimiento de un pasado roto,
sino la transfiguración en una realidad donde la pérdida nunca existió.
No es una recompensa, sino un regalo puro.
No un espectáculo, sino fe.
No jactancia, sino gracia.
Y creo que esta promesa es para todos:
los fuertes y los débiles,
los dispuestos y los temerosos,
los recordados y los olvidados.
Porque Dios es perfectamente generoso.
Y su generosidad es insuperable.