Un sermón sobre Mateo 14:22–33
Hermanos y hermanas,
Algunas historias del Evangelio nos resultan tan familiares que dejan de decirnos nada, no porque sean superficiales, sino porque las pasamos por alto con respuestas ya preparadas.
La historia de Jesús caminando sobre las aguas es una de ellas.
Por eso, hoy os invito a hacer algo difícil, pero liberador:
olvidad lo que creéis que debe tratar esta historia, y dejad que ella misma os cuente lo que realmente está diciendo.
1. ¿De qué tipo de peligro se trataba?
El Evangelio no comienza con aguas tranquilas.
Era de noche.
El viento soplaba con fuerza.
Las olas azotaban la barca.
Esto es importante.
Si el objetivo de la historia fuera simplemente que Jesús puede caminar sobre el agua, una tormenta sería innecesaria, incluso una distracción. Unas aguas tranquilas harían que el milagro fuera más claro, más sencillo, más fácil de ver.
Pero el Evangelio insiste en la tormenta.
¿Por qué?
Porque las tormentas hacen algo que las aguas tranquilas nunca hacen:
desestabilizan, desorientan y abruman.
Esta no es una historia sobre la profundidad.
Es una historia sobre la inestabilidad.
2. El peligro de Pedro no era caer hacia abajo, sino caer de lado
A menudo imaginamos a Pedro hundiéndose en línea recta, como si el agua cediera de repente bajo sus pies.
Pero escucha atentamente la historia.
Pedro no se asusta al mirar el agua, sino al ver el viento.
No es la profundidad, sino la fuerza.
No es el peso, sino el movimiento.
Las tormentas no ahogan a las personas tirando de ellas directamente hacia abajo.
Ahogan a las personas haciéndolas perder el equilibrio.
Pedro no se está hundiendo.
Está sintiéndose abrumado.
Por eso el Evangelio dice que empezó a hundirse, porque es un proceso, no un colapso instantáneo.
Y por eso aún puede gritar, con claridad y determinación:
«Señor, sálvame».
Sigue erguido, pero ya no está estable.
3. Fíjate en cómo Jesús lo salva
Este detalle es pequeño, pero decisivo.
Jesús no se zambulle en el agua.
No tira de Pedro hacia arriba desde abajo.
El Evangelio dice:
«Jesús extendió la mano».
No se trata de un rescate vertical.
Es un rescate de equilibrio.
Como agarrar a alguien que tropieza en un terreno irregular.
Como estabilizar un cuerpo antes de que se vuelque por completo.
Jesús salva a Pedro antes de que el colapso se complete.
4. Por qué la tormenta no afecta a Jesús
Jesús no está tranquilo porque la tormenta sea débil.
La tormenta es fuerte.
Pero Jesús no se ve desestabilizado por ella.
Donde camina, el caos pierde su poder.
Donde se encuentra, el agua no abruma.
Y cuando entra en la barca, la calma entra con él.
Esto ocurre una y otra vez en los Evangelios.
- Jesús dormido mientras la tormenta se desata
- Jesús reprendiendo al viento
- Jesús entrando en la barca y trayendo la calma
- La barca llegando a la orilla en cuanto él está presente
Nunca más se vuelve a mencionar el hecho de caminar sobre el agua.
Sí se mencionan las tormentas.
Porque el verdadero milagro no es desafiar a la naturaleza.
El verdadero milagro es mantenerse erguido en medio del caos.
5. El verdadero fracaso de Pedro —y la suave reprimenda de Jesús
Jesús no dice: «¿Por qué dejaste de creer en los milagros?»
Dice:
«¿Por qué vacilaste?»
No la duda como idea, sino el vacilar como movimiento.
Pedro deja de avanzar con paso firme hacia Jesús.
Su rumbo se desvía.
Su orientación se rompe.
Y en entornos inestables, vacilar es peligroso.
Esto es cierto en el mar.
Y es cierto en la vida.
6. Por qué esta historia tiene que desarrollarse en el agua
Esta lección no podría enseñarse en tierra firme.
En tierra firme, vacilar resulta incómodo.
En el agua, vacilar es fatal.
El mar hace visible lo que el miedo provoca en nuestro interior.
Cuando la vida deja de parecer sólida…
Cuando las fuerzas nos empujan hacia los lados…
Cuando el suelo bajo nuestros pies no se mantiene firme…
La fe no consiste en mantenerse firme en lo imposible.
La fe consiste en mantener el rumbo.
7. Buenas noticias para nosotros
Hermanos y hermanas, la mayoría de nosotros no tenemos miedo a la profundidad.
Tenemos miedo de perder el equilibrio.
Tenemos miedo a la inestabilidad—
a no saber qué camino seguir,
a sentirnos abrumados antes de estar preparados,
a tambalearnos cuando el viento se hace fuerte.
Esta historia no promete mares en calma.
Promete esto:
Cuando empieces a perder el equilibrio,
ya hay una mano tendida.
No después de que te hayas perdido.
No después de que te hayas hundido.
Sino mientras aún te mantienes en pie —aunque sea tambaleante—.
8. Palabras finales
Así que hoy, no te preguntes:
«¿Puedo caminar sobre el agua?»
Pregúntate algo mucho más sincero:
Cuando el suelo bajo mis pies se mueve…
Cuando el miedo me empuja hacia un lado…
Cuando vacilo…
¿Hacia dónde miro?
Porque el milagro no es que el agua se vuelva sólida.
El milagro es que el caos no puede apoderarse de ti cuando Cristo está cerca.
Y ese milagro sigue ocurriendo—
cada vez que se extiende una mano
antes de que el colapso sea total.
Amén.