La imaginación moderna, incluso cuando se reviste de lenguaje religioso, es profundamente forense. Busca pruebas, continuidad, una identidad material rastreable. Esto se hace especialmente evidente en la interpretación común de la resurrección de Jesucristo, donde las heridas conservadas —las de los clavos y la lanza— se consideran evidencia decisiva: prueba de que el mismo cuerpo que sufrió ha vuelto a la vida. La lógica parece simple, casi irresistible: las heridas autentifican la continuidad.
Sin embargo, tras un examen más detenido, esta «resurrección forense» se desmorona.