1. La tensión lingüística
En las Escrituras, a menudo encontramos afirmaciones como:
«Dios endureció el corazón del faraón.» (Éxodo 9:12)
«El Señor les envió un engaño.» (2 Tesalonicenses 2:11)
«Los arrojará a las tinieblas de afuera.» (Mateo 8:12)
Sin embargo, esas mismas Escrituras también afirman que los seres humanos poseen libre albedrío moral y son responsables de sus elecciones.
Así pues, nos encontramos ante dos corrientes lingüísticas:
- Agencia descriptiva: los seres humanos actúan y eligen libremente.
- Agencia atributiva: el texto atribuye la causalidad última a Dios.
2. Por qué las Escrituras utilizan una formulación de atribución divina
Este lenguaje sirve para preservar formalmente la soberanía divina.
En la mentalidad semítica antigua (hebrea, aramea y, en cierta medida, la terminología teológica griega), existe un fuerte sesgo hacia atribuir todos los resultados finales a Dios, no porque Él controle minuciosamente cada acontecimiento, sino porque:
- Nada puede suceder fuera de Su permiso.
- Decir «simplemente sucedió» disminuiría lingüísticamente la soberanía de Dios.
Por lo tanto:
Cuando el texto dice «Dios los envió al infierno», expresa el reconocimiento formal de que nada existe más allá de Su jurisdicción — ni siquiera la condenación autoimpuesta de una criatura.
En otras palabras, incluso si la iniciativa moral proviene del hombre, el permiso ontológico proviene de Dios.
De ahí que las Escrituras «traduzcan» lingüísticamente la autocondena humana en un fallo divino.
3. Ejemplos paralelos en las Escrituras
Esta expresión idiomática es consistente en todas las expresiones bíblicas:
- Sentido causativo frente a permisivo:
El hebreo suele utilizar la forma hiphil («causar») incluso cuando el significado es permisivo («permitir»).
Así, «Dios endureció el corazón del faraón» puede significar «Dios permitió que el corazón del faraón se endureciera», pero el lenguaje formal prefiere atribuir la causalidad a Dios. - Significado judicial frente a existencial:
«Enviar al infierno» (en griego apesteilen o ebalen eis Geennan) suele funcionar como una declaración judicial más que como un acto directo de traslado: Dios ratifica la propia trayectoria de la persona.
4. Implicaciones para la interpretación
Si leemos estos textos con esta perspectiva —que las declaraciones divinas de «enviar» o «endurecer» son formalmente soberanas en lugar de moralmente iniciadoras —, se resuelven muchos enigmas teológicos:
- Dios no crea las decisiones malvadas, sino que formaliza sus consecuencias.
- El juicio se convierte en la afirmación divina del resultado final de la libertad humana.
5. Una reformulación concisa
La formulación bíblica de que Dios «envía» a las personas al infierno refleja la necesidad lingüística de expresar la soberanía divina, no la causalidad moral.
Dado que nada puede existir o persistir al margen de la voluntad de Dios, incluso la autodestrucción humana se describe formalmente como un acto divino.
El lenguaje sostiene que toda la realidad —recompensa o ruina— se desarrolla bajo el dominio del mismo Señor soberano.