La gente suele imaginar la adoración como un acto de humillación ante la grandeza visible. Uno se inclina ante un trono, se postra ante la majestad, tiembla ante el poder. Este modelo funciona fácilmente con la imagen de un rey poderoso. Pero se vuelve profundamente problemático cuando se aplica a Jesús, porque cuando uno lo busca de esa manera, no encuentra a un monarca que exige ceremonias, sino...