Con frecuencia, las personas examinan sus vidas comenzando por sus deberes morales y religiosos cotidianos. Se preguntan si robaron, mintieron, cometieron adulterio, participaron en planes malvados, descuidaron la iglesia o incumplieron algún otro mandamiento. También pueden compararse con quienes abiertamente cometen estas acciones. Cuando resistir el mal requiere un esfuerzo real, es natural esperar que esta lucha tenga valor ante Dios y que finalmente sea recompensada.