Señor,
Confesamos que a menudo imaginamos la fe
como estar sobre tierra firme,
pero tú nos encuentras donde la tierra misma se mueve.
Conoces los vientos que nos empujan de lado,
las olas que desestabilizan nuestro equilibrio,
los momentos en que nada permanece quieto el tiempo suficiente
para poder confiar en él.
No tememos tanto a la profundidad como a
perder el equilibrio,
a caernos,
a no poder mantenernos erguidos
cuando las fuerzas nos presionan por todos lados.
Enséñanos a ver lo que realmente nos amenaza,
y a no confundir la inestabilidad con el abandono.
Cuando el miedo aparta nuestra atención de ti,
cuando la tormenta decide nuestra postura,
extiende tu mano antes de que nos derrumbemos.
No esperes a que nos perdamos en las profundidades, sino salúdanos mientras aún estamos en pie,
aunque sea inestable.
Hazte presente donde pisamos,
para que el caos pierda su dominio,
y la tierra a nuestro alrededor se nivele
con tu presencia.
Cuando volvamos a la barca —
a la comunidad, al refugio, al descanso—
que tu calma entre contigo.
No pedimos mares sin tormentas,
sino orientación cuando todo se mueve,
y la gracia de mirarte a los ojos
cuando el viento arrecia.
Sujétanos, Señor,
y enséñanos a mantenernos firmes.
Amén.