Creo en el Padre,
la fuente eterna de toda alegría,
que no creó el mundo como una prisión de trabajo,
sino como un jardín para que sus hijos jueguen en su luz.
Creo en el Hijo,
que se hizo niño entre nosotros,
que rió y lloró y confió en el Padre en todo,
que tomó el lugar más humilde y lo convirtió en el trono más elevado,
que enseñó que las puertas del Cielo
se abren solo para aquellos lo suficientemente pequeños para pasar.
Creo que el Reino de los Cielos
es el Reino de los Niños:
donde ningún matrimonio ata, porque todos son una sola familia;
donde no hay rangos que dividan, porque la grandeza es el servicio;
donde no perduran los rencores, porque el perdón fluye sin límites;
donde cada corazón ve a Dios porque ha olvidado el temor.
Creo que la fe es el redescubrimiento del asombro,
que el amor es el juego de la eternidad,
que la imaginación es el lenguaje del Cielo,
y que la pureza no es debilidad, sino la vista restaurada.
Creo que la muerte no puede tocar al hijo de Dios,
pues en su casa nadie envejece;
allí, el tiempo es una canción sin fin,
y cada alma renace cada mañana.
Creo que la risa de los inocentes
es el verdadero himno del Cielo,
y que nacer de nuevo
es recordar la alegría que nunca nos abandonó.
Por lo tanto, renuncio a la sabiduría del orgullo
y abrazo la locura de la fe;
dejo a un lado la armadura de la adultez
y camino descalzo en el jardín del Padre.
Porque soy su hijo,
y el Reino es mi hogar.
Amén.