En el pensamiento religioso existe la creencia arraigada de que Dios debe «intervenir». Que Él está en otro lugar. Que el sufrimiento existe porque Él aún no ha intervenido. Esta creencia infunde esperanza. Sugiere que, si clamamos con suficiente fuerza, nos sacrificamos lo suficiente e intensificamos nuestros esfuerzos lo bastante, tal vez Dios venga y nos rescate.
Pero, ¿y si esa suposición fuera precisamente la raíz misma de un sufrimiento multiplicado?
I. La premisa falsa: Dios está en otro lugar
Los seres humanos imaginan instintivamente que Dios está lejos. Esto crea una estructura de escalada:
- Si el sufrimiento aumenta, quizá Dios aparezca.
- Si la injusticia se agrava, quizá llegue la liberación.
- Si nos sacrificamos lo suficiente, quizá el cielo responda.
Esta mentalidad no reduce el sufrimiento. Lo multiplica. La historia demuestra este patrón una y otra vez. Los intentos de forzar la intervención divina mediante la revuelta, el extremismo o una catástrofe autoimpuesta a menudo no conducen a la liberación, sino a la ruina.
La creencia de que Dios está ausente genera violencia.
La exigencia de que Dios «intervenga» genera tragedia.
Pero, ¿y si Dios nunca hubiera estado ausente?
II. El sol brilla sobre los buenos y los malos
Una de las verdades más significativas que se conservan en las Escrituras es sencilla:
Dios envía el sol y la lluvia tanto a los buenos como a los malos.
Esto no es moralidad sentimental. Es simetría metafísica.
El sol no discrimina.
Brilla.
Si la presencia divina es así —constante, imparcial, inquebrantable—, entonces ni siquiera quienes maldicen a Dios pierden Su presencia. El llamado silencio de Dios puede que no sea ausencia en absoluto. Puede que sea nuestra exigencia de que Él actúe según nuestras expectativas.
Dios no exilia.
No declara: «Para mí, estás muerto».
Si el infierno existe, no es un lugar donde Dios esté ausente. Es una condición dentro de su presencia eterna.
Dios no llora por los perdidos como si hubieran desaparecido.
Llora con ellos.
III. La verdadera naturaleza del juicio
El juicio perfecto no puede generar agravio. Si alguien se siente juzgado injustamente, el sistema ha fallado.
El verdadero juicio imparcial requeriría que cada persona se juzgara a sí misma desde la plena realidad de sus acciones. Imagina meterte en la vida de aquel a quien has hecho daño. Imagina sentir las consecuencias desde el otro lado. En una estructura así, no se requiere ninguna acusación externa.
El juicio se convierte en revelación.
Somos nuestros propios jueces.
Esto no es una represalia divina. Es simetría ontológica.
IV. Las tres respuestas al sufrimiento
En un mundo donde las penurias son constantes, surgen tres respuestas:
- Escalada: multiplicar el sufrimiento con la esperanza de forzar la liberación.
- Preservación pasiva: aferrarse a la supervivencia, acaparar, proteger.
- Implicación paciente: aceptar la presencia del sufrimiento y permanecer activamente comprometido con el amor.
La primera agrava la tragedia.
La segunda se derrumba ante el miedo.
La tercera es el camino que enseñó Jesús.
La paciencia aquí no significa pasividad. Es lealtad activa en medio de las dificultades. Es negarse a multiplicar la violencia. Es negarse a acaparar la supervivencia. Es elegir la caridad incluso cuando la supervivencia es incierta.
Si uno permanece atento al sufrimiento de los demás, ¿cómo puede afirmar que Dios no está presente? Nuestras acciones dan testimonio de lo que creemos acerca de la presencia divina.
Permanecer fielmente comprometido con el sufrimiento es afirmar que Dios ya está ahí.
V. La crucifixión reconsiderada
Jesús no sufrió porque se lo mereciera. No intensificó la situación. No exigió intervención. No recurrió a la fuerza.
Se mantuvo allí.
Fue contado entre los transgresores sin serlo.
Su sufrimiento no fue transaccional. Fue demostrativo. Encarnó la presencia eterna de Dios en la condición humana más profunda. Incluso el grito de abandono no revela una separación real, sino la percepción humana de la misma.
Dios no estaba en otro lugar.
Dios lo estaba viviendo.
La resurrección no sigue como recompensa, sino como el agotamiento del sufrimiento cuando este no se multiplica.
VI. La paradoja de la liberación
Pensamos que la liberación significa que Dios llega desde fuera.
Pero si Dios nunca estuvo fuera, ¿qué significa «dar un paso adelante»?
La liberación no puede ser una llegada espacial. Debe ser reconocimiento y alineación.
El sufrimiento persiste cuando lo intensificamos o intentamos escapar de él por la fuerza. Se agota por sí mismo cuando nos negamos a multiplicarlo y permanecemos fieles en su seno.
La paciencia es alineación.
La paciencia es fidelidad activa.
La paciencia es participación en la presencia eterna.
VII. El único camino a seguir
No hay atajos milagrosos.
No puedes quemar tu casa para provocar un rescate.
No puedes acumular lo suficiente para sobrevivir a la mortalidad.
No puedes obligar al cielo a actuar según tu calendario.
El único camino es la implicación paciente.
No porque nos reporte una recompensa.
Sino porque se alinea con la realidad.
Al final, la pregunta decisiva no es si Dios es fiel.
Él siempre lo es.
La pregunta es si nosotros lo somos.