¿Qué significa realmente «perseguirme»? ¿Por qué Saulo perseguía a Jesús, que ya estaba sentado en el trono celestial? Pero es evidente que esta pregunta no se refiere a perseguir a nadie más, sino específicamente a Jesucristo, el Hijo de Dios.
Hechos 9 (y repetido en Hechos 22 y 26) ha sido simplificado en gran medida por la explicación «común» de que Jesús simplemente se identifica con sus seguidores. Esto no es falso en apariencia, pero es superficial. Analicemos una mejor interpretación.
1. El contexto del conflicto interno de Saulo
Saulo no era ateo ni pagano. Ya era celoso del Dios de Israel, escrupuloso en la justicia y un hombre de fe en un solo Dios. Su persecución de los «seguidores del Camino» no era odio a Dios, sino a una idea que lo escandalizaba: que el Mesías pudiera ser humillado, maldecido y ejecutado.
Así pues, su guerra contra los cristianos era en realidad una proyección de una guerra interior. La creencia de que el más humilde pudiera ser el más elevado le parecía blasfema. Cada vez que veía a un discípulo proclamando con alegría a Cristo crucificado, se encendía la voz interior que susurraba: «¿Será verdad?», y buscaba silenciarla mediante la violencia.
2. El verdadero significado de «¿Por qué me perseguís?»
El «yo» aquí no es una metáfora colectiva («Mis seguidores = yo»), sino una referencia directa al Hijo de Dios mismo: la encarnación viviente de la humildad divina y la paradójica realeza de la debilidad.
La pregunta de Jesús es, por lo tanto, existencial:
«¿Por qué perseguís la misma revelación de la humildad de Dios que ya arde en vuestro interior?»
Saulo no solo ataca a los demás; crucifica la imagen de Cristo en su propia conciencia. Su persecución de la Iglesia es el signo externo de su crucifixión interna del Logos.
3. El encuentro como revelación
En el camino a Damasco, el velo se levanta.
La luz radiante —la misma gloria que una vez brilló en el Sinaí— revela que el Crucificado está entronizado en majestad divina. Saulo comprende de repente que el «maldito» es, en realidad, el Dios viviente mismo. Esto representa el colapso de todas sus categorías. Lo insignificante se convierte en lo grandioso, lo humillado en lo exaltado.
En ese instante:
- Saulo ve que lo que creía blasfemia es verdad.
- Se da cuenta de que su celo por Dios había sido mal dirigido contra la propia manifestación de Dios.
- Se encuentra con la paradoja: el Señor de la Gloria es el crucificado.
De ahí su grito atónito: «¿Quién eres, Señor?», no porque dude de que la voz sea divina, sino porque la identidad de esa divinidad trastorna toda su teología.
4. «Persiguiéndome» como drama de la conversión
Perseguir a Jesús, incluso después de su ascensión, significa:
- Resistir la forma de Dios que es la mansedumbre misma.
- Rechazar el modo divino del amor abnegado (Fil 2:6-11).
- Luchar contra la revelación de que el poder se perfecciona en la debilidad.
La luz ciega a Saulo porque expone la oscuridad interior donde había estado luchando contra esa verdad. Su ceguera es simbólica: el brillo de la humildad divina es demasiado para los ojos entrenados en el triunfalismo.
5. El significado para nosotros
Lo que sucede en Saulo sucede en todo aquel que aún no puede soportar el escándalo de que Dios pueda ser a la vez Víctima y Vencedor, Crucificado y Coronado. Cuando Jesús le pregunta a cualquier alma: «¿Por qué me persiguen?», se dirige a esa parte de nosotros que se resiste a la misericordia, la mansedumbre y el sacrificio; esa parte que aún anhela un Dios de dominio en lugar de un Dios de entrega.
6. La paradoja revelada
En el encuentro entre Saulo y Jesús, vemos desvelada la eterna paradoja:
Cuanto más pequeño se hace Cristo, mayor se manifiesta su majestad.
Cuanto más profundo es su descenso, más alto es su trono.
Esa paradoja aplastó a Saulo, el perseguidor, y dio origen a Pablo, el apóstol, el hombre que más tarde escribiría: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».