Estaba cerca de Damasco, casi allí. Mis cartas del sumo sacerdote estaban dobladas en la bolsa que llevaba al costado: autorización para purificar la ciudad de aquellos que susurraban el nombre maldito. El aire de la mañana era puro, mi corazón duro como una piedra. Cabalgaba velozmente, como si la prisa misma pudiera ahogar la inquietud que me atormentaba.
Decían que el crucificado estaba vivo. Mentiras, me decía. Mentiras que debían ser detenidas. Sin embargo, en secreto les temía. Porque si Él estaba vivo, entonces la cruz no era vergüenza, sino gloria, y todo aquello sobre lo que había construido mi rectitud se derrumbaría.
Entonces llegó la luz. No el sol, sino una luz dentro de la luz, una presencia ante la cual toda fuerza se disolvió. Me impactó. No podía ver, pero podía saber. El mundo estaba lleno de Alguien.
Y Él habló.
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
Sus palabras no eran acusación, sino dolor. Penetraron más hondo que cualquier espada. Quise responder: ¡Te defiendo! Pero la verdad me quebrantó: había estado atacando el rostro de Aquel a quien creía servir.
Tembloroso, pregunté: «¿Quién eres, Señor?».
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues».
El nombre que había intentado borrar era ahora la voz que creaba mundos. Jesús. El crucificado, el escarnecido, el indefenso: Él estaba allí, vivo, radiante, incontenible.
Pensé en el rostro retorcido en la cruz, en la multitud escupiendo, en la vergüenza. Y sin embargo, esta voz provenía de una gloria sin límites. ¿Cómo podía ser el mismo? Y entonces comprendí —no con la mente, sino con el alma— que su misma pequeñez era su grandeza.
Cuanto más descendía, más alto ascendía. Cuanto más se quebrantaba, más completo se volvía el mundo.
Caí en silencio. Me ardían los ojos; no podía ver. Pero en mi interior, se abrió otra visión. Comprendí que toda mi furia había sido un intento de apagar esa misma luz dentro de mí: la luz que decía que el Todopoderoso había elegido la mansedumbre como su trono.
Cada creyente al que había atado era un reflejo de esa verdad. Cada golpe que había asestado iba en contra de la humildad de Dios.
Él no me destruyó. Me llamó. Aquel a quien yo perseguía me confió su mensaje. Cuando me levanté, ciego y temblando, supe que mi antigua vida había terminado. Mi celo había muerto en la luz.
Aún me llamaba Saulo, pero mi corazón ya susurraba otro nombre: Pablo, el pequeño.