Estábamos allí de pie, todos, más juntos que de costumbre.
Nadie quería alejarse.
Parecía como si hasta el viento escuchara.
Cuando habló, no fue fuerte.
No ordenó como se manda a los ejércitos.
Era la voz que ya conocíamos: la que nunca forzó, nunca empujó, pero que de alguna manera llevaba el peso del cielo.
“Id”, dijo, “y haced discípulos a todas las naciones… bautizándolos en el Nombre…”
Recuerdo esa palabra: en.
Me impactó de inmediato.
No por el Nombre.
No con el Nombre.
Sino en.