Un enemigo formidable y una estrategia perdedora
El diablo no es un adversario fácil. No se le derrota con astucia ni con la mera superación personal. Cuando la calamidad golpea —cuando la vida se desmorona de maneras que parecen dirigidas, complejas e implacables— la gente instintivamente busca lo que cree que es la respuesta correcta: una súplica basada en la rectitud.
Protestan. Argumentan. Apelan.
Dicen, de una u otra forma: esto no debería estarme pasando a mí.
Pero es precisamente ahí donde comienza el error.