Siempre hemos querido creer que el significado puede moldear directamente la realidad. Instintivamente sentimos que nuestros deseos, palabras, actitudes o estados internos deben influir de alguna manera en los acontecimientos objetivos que nos rodean. Cuando ocurre una tragedia tras una jactancia, una maldición o un deseo imprudente, inmediatamente relacionamos ambos hechos. Imaginamos que el suceso en sí mismo fue moldeado moralmente por lo que lo precedió. Sin embargo, este instinto, por poderoso que sea, puede basarse en una profunda confusión.