Cuando los discípulos preguntaron: «Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?» (Mateo 24:3), imaginaban un único y dramático final para la historia.
Jesús respondió con imágenes de guerras, terremotos, hambrunas, traiciones y falsos mesías, condiciones que han acompañado a la humanidad desde el principio.
A primera vista, la respuesta parece insatisfactoria: tales calamidades ocurren en cada generación.
Sin embargo, esa universalidad es precisamente el punto.
El Señor no dio una lista de catástrofes poco comunes; describió la turbulencia ordinaria de un mundo siempre al borde de la revelación.
Al nombrar lo que es constante, desvió la atención de cuándo vendría el fin a cómo debían vivir sus seguidores cuando llegara.
Cada «signo» no marca una cuenta atrás, sino una condición del corazón humano.
Las guerras y los rumores de guerras reflejan la violencia de nuestros deseos.
Las hambrunas revelan el vacío de las almas hambrientas de significado.
Los terremotos simbolizan el temblor de nuestras certezas cuando la verdad sacude el suelo bajo ellas.
Así, el apocalipsis no se pospone a un horizonte lejano, sino que es el continuo desvelamiento de la realidad dondequiera que el orgullo se derrumba y nace la compasión.
Cada convulsión, personal o colectiva, es otro umbral a través del cual puede aparecer el Hijo del Hombre.
Cuando Jesús dice: «No os alarméis», invita a la confianza en medio del caos.
El temblor del mundo no es prueba de su ausencia, sino el entorno de su venida.
Cuanto más tiembla la superficie, más se acerca el Reino oculto.
Esta lectura convierte las «señales del fin» en señales de una visita perpetua.
El fin de una ilusión, de una paz falsa, de un imperio del yo: estos son los verdaderos terremotos por los que se rehace el mundo.
La Segunda Venida, entonces, no es un día marcado en el calendario del cielo, sino el continuo amanecer del reconocimiento dentro de cada generación que se atreve a ver la santidad en medio de la crisis.
Así, el texto permanece eternamente contemporáneo.
Las guerras y las hambrunas de cualquier época son los mismos dolores de parto; y en cada momento de temblor, Cristo puede estar ya de pie a la puerta, esperando en silencio a ser reconocido.