Había un lugar debajo de nuestra mesa donde el suelo se había desgastado hasta quedar liso.
Mi hija solía sentarse allí cuando era pequeña. Bajaba con su pan y alimentaba a un perro pardo que no era de nadie.
Yo me quejaba de las migas.
Luego ella enfermó, y yo habría dado todo lo que tenía en casa por volver a quejarme de esas migas.
Algunas mañanas me reconocía. Me tomaba la mano y la apoyaba contra su mejilla. Yo empezaba a albergar esperanzas, pero entonces su rostro cambiaba. Se apartaba de un tirón y gritaba, como si yo le hubiera hecho daño.