Juan 18:4-11
Amados,
hay un momento en el huerto de Getsemaní que solemos pasar por alto: un momento que ilumina profundamente la profunda incomprensión que la gente tenía de Jesús y la determinación que Él tenía de corregirla, incluso en sus últimas horas. Los soldados llegan con linternas y armas, esperando problemas, esperando una persecución, esperando resistencia. ¿Y por qué? Porque en sus mentes, moldeadas por las historias y esperanzas de siglos, se suponía que el Mesías era intocable. Un conquistador. Invencible. Rodeado de fuego celestial, defendido por ángeles, protegido por la gloria de Dios.
Pero el Jesús que encuentran en el huerto está haciendo algo completamente diferente.
Las Escrituras nos dicen que cuando preguntan por Jesús de Nazaret, Él se adelanta y dice: «Yo soy». Y en ese momento los soldados retroceden y caen al suelo. Muchos han imaginado una oleada de poder divino que los derriba. Pero fíjense: Jesús no se muestra sorprendido, ni aprovecha el momento para escapar, ni anuncia un milagro. Simplemente pregunta de nuevo: «¿A quién buscáis?». Permanece allí sereno mientras ellos se levantan del suelo.
¿Qué, entonces, los hizo retroceder?
El escudo, queridos amigos, no rodeaba a Jesús, sino que estaba dentro de ellos. Era el escudo de sus propias expectativas. Habían oído los rumores. Habían oído los susurros de que este Jesús podría ser el Elegido, el Salvador tan esperado. Y en la mente de muchos, el Mesías era una figura intocable. Una figura a la que nadie puede tocar. Una figura que, si se la provoca, invoca los cielos, ejércitos y juicio.
Jesús destroza ese escudo con unos pocos actos sencillos.
Se identifica, no con gloria, ni con amenaza, sino con humildad. No ofrece resistencia. Suplica, no por su propia seguridad, sino por la de sus discípulos. Se presenta como un hombre dispuesto a ser llevado, dispuesto a recorrer el camino del sufrimiento, dispuesto a aceptar la copa que el Padre le ha dado.
Este no es el Mesías que esperaban los soldados.
Este no es el Mesías que esperaban los discípulos.
Este ni siquiera es el Mesías que esperaban los líderes religiosos.
Pero este es el Mesías que Dios envió.
Y el desesperado ataque de Pedro con la espada no hace más que confirmarlo. Los supuestos defensores de Jesús son torpes e inexpertos; el Mesías que la gente imagina tendría legiones, estrategia y una fuerza invencible. Pero Jesús reprende a Pedro y le dice: «Guarda tu espada. ¿Acaso no he de beber la copa que el Padre me ha dado?». Los discípulos imaginan la gloria. Jesús abraza la rendición. Ellos imaginan la victoria. Jesús se muestra vulnerable. Ellos imaginan un reino conquistado por la fuerza. Jesús trae un reino establecido por el sacrificio.
¿Qué nos enseña esto hoy?
Nos confronta con una verdad que solemos evitar:
La fuerza de Dios no siempre se parece a nuestra fuerza. La victoria de Dios no siempre se parece a nuestra victoria. El Mesías de Dios no siempre se parece al héroe que imaginamos.
Queremos un Cristo que arremeta contra nuestros problemas, derrote a nuestros enemigos y nos libre del sufrimiento. Pero Jesús revela un Mesías que se adentra en el sufrimiento, que se deja tocar, atar y llevar consigo, no porque sea impotente, sino porque elige el camino que redimirá al mundo.
Y este es el asombroso corazón del Evangelio:
El mayor poder que Dios jamás mostró no fue prevenir el sufrimiento, sino entrar en él.
No fue llamar a los ángeles, sino negarse a hacerlo.
No fue escapar de la muerte, sino vencerla desde dentro.
En el huerto, Jesús se presenta ante hombres armados y nos muestra la fuerza de la entrega, el valor de la obediencia y el amor que se entrega libremente por la salvación de los demás. Él revela a un Mesías no moldeado por nuestros miedos ni fantasías, sino por el corazón de Dios; un Mesías que vence no evitando la cruz, sino cargándola.
Así que, cuando la vida te presente momentos en que Dios no actúa como esperabas… cuando tus oraciones no son respondidas como imaginabas… cuando el camino que tienes por delante implica vulnerabilidad, sacrificio o dolor… recuerda el jardín.
Recuerda al Mesías que se negó a ser intocable.
Recuerda al Salvador que se dejó llevar.
Recuerda a Aquel que rompió toda falsa expectativa para que el mundo pudiera finalmente ver cómo es el verdadero amor divino.
Y que podamos seguirlo, no hacia la seguridad que imaginamos, sino hacia el valor, la humildad y la obediencia que vivió, confiando en que la copa que nos da el Padre es la copa que, al final, nos lleva a la resurrección.
Amén.