Un sermón sobre Mateo 24:28
Hermanos y hermanas,
Cuando la gente oye a Jesús hablar de su venida, muchos imaginan algo aterrador y espectacular: el cielo abriéndose en dos, un rayo cayendo desde lo alto, una sacudida repentina que abruma al mundo en un solo instante. Es dramático. Es poderoso. Y, sin embargo, Jesús no vino a alimentar nuestra imaginación con el miedo, sino con la verdad.
Hoy quiero invitaros a volver a fijaros en la imagen que utiliza Jesús y a plantearos una pregunta sencilla: ¿qué tipo de luz revela a Dios?
1. Jesús no prometió una sacudida, sino claridad
Jesús dice que su venida será como un relámpago que se ve de este a oeste. A menudo damos por sentado que esto significa un rayo que cae de las nubes, pero Jesús no describe un impacto vertical. Habla de la dirección —de este a oeste— a través del mundo.
Hay una luz que siempre se mueve de esta manera.
No de forma violenta.
No de forma fugaz.
Sino de manera constante, paciente e irresistible.
Es el amanecer.
El amanecer no asusta al mundo para que vea.
Simplemente hace que ver sea inevitable.
Cuando sale el sol, no hace falta anunciar nada. No hace falta forzar nada. La oscuridad no discute. Las sombras no se resisten. Simplemente desaparecen.
Este es el tipo de revelación hacia la que Jesús nos señala.
2. La luz de Dios no es fugaz: perdura
Un rayo destella y desaparece.
La luz del sol permanece.
Un rayo sacude un solo lugar.
La luz del sol lo llena todo.
Un rayo crea caos.
La luz del sol crea comprensión.
Si Jesús hubiera querido describir el miedo, habría tenido muchas imágenes entre las que elegir. Pero eligió la luz, porque Dios no se revela para aterrorizar a la humanidad, sino para hacer visible la verdad.
La venida del Hijo del Hombre no es un espectáculo momentáneo. Se trata de un mundo en el que nada falso puede seguir ocultándose.
3. El verdadero Mesías camina a la luz pública
Hay algo que a menudo olvidamos: los falsos mesías se ocultan.
Reúnen seguidores en secreto.
Susurran planes en lugares apartados.
Se preparan para la violencia porque dependen de ella.
Pero Jesucristo nunca hizo esto.
Caminaba abiertamente por pueblos y ciudades.
Enseñaba en lugares públicos.
Hablaba con claridad, incluso cuando eso le costaba todo.
¿Por qué podía hacer esto?
Porque no era una amenaza tal y como el mundo entiende la amenaza.
No llevaba armas.
No reunía ejércitos.
No planeaba ninguna rebelión.
Su poder no era la fuerza, sino la verdad.
La luz del sol pertenece a un Mesías así. No se esconde. No conspira. No elige lugares secretos. Brilla en todas partes, para todos, sin miedo.
4. Ya lo pasamos por alto una vez —por la misma razón
Jesús ya vino al mundo una vez, y muchos no lo reconocieron —ni siquiera cuando estaba justo delante de ellos.
¿Por qué?
Porque esperaban a un guerrero.
Esperaban dominación.
Esperaban un Mesías que llegara desde lo alto con una fuerza abrumadora.
En cambio, Dios envió a alguien que caminaba a su lado.
El peligro es que repitamos el mismo error: seguir esperando el impacto y el espectáculo, mientras Dios obra a través de la apertura, la humildad y la luz.
El amanecer no resulta impresionante para quienes esperan explosiones.
Pero lo cambia todo.
5. Qué significa esto para nosotros
Si Cristo viene como la luz del sol, entonces su presencia no tiene que ver con el secreto ni con el miedo. Se trata de la exposición—empezando por nosotros mismos.
La luz revela lo que es real.
La luz elimina las excusas.
La luz no deja lugar para esconderse.
Y por eso puede resultar incómoda.
Pero también es por eso por lo que es buena.
Porque el reino de Dios no avanza mediante la violencia o la coacción, sino a través de la claridad, la misericordia y la verdad hecha visible.
Conclusión
Jesús no cae del cielo como un rayo.
Se eleva sobre el mundo como el amanecer.
No para aterrorizar a la humanidad y obligarla a someterse, sino para iluminarla y que reconozca la verdad.
La cuestión no es si la luz vendrá.
La cuestión es si estamos dispuestos a vivir a la luz del día cuando llegue.
Ojalá aprendamos a reconocer al Mesías no por la conmoción, sino por la luz del día.
No por el miedo, sino por la verdad.
No por la fuerza, sino por el amor.
Amén.