Hermanos y hermanas,
Hoy escuchamos uno de los momentos más desafiantes del Evangelio. Un momento en que Jesús pronuncia palabras que suenan duras, pero solo porque revelan la verdad sobre el camino del discipulado.
Mateo nos dice que Jesús estaba a punto de partir, de dejar el lugar donde había estado predicando y sanando. No se dirigía simplemente al pueblo vecino. Estaba comenzando un viaje que finalmente lo llevaría a Jerusalén, al rechazo, al sufrimiento y a la cruz. En otras palabras, Jesús estaba tomando un camino sin retorno.
Y cuando un hombre, un escriba, se acercó y dijo:
«Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas»,
Jesús respondió con una extraña frase:
«Las zorras tienen madrigueras, y las aves tienen nidos,
pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza».
La mayoría de la gente interpreta esto como que Jesús dice: «Seguirme es incómodo; puede que no tengas una cama donde dormir».
Pero Jesús quiere decir algo mucho más profundo.
Consideren la zorra y el ave. Abandonan su hogar por un tiempo, pero siempre regresan. Sus movimientos son cíclicos. Salen y vuelven.
Pero la misión de Jesús no es cíclica.
Es solo hacia adelante.
Una vez que deja este lugar, no regresa por el mismo camino.
Una vez que emprende el camino para cumplir el propósito de su Padre, no hay vuelta atrás.
Por eso Jesús advierte a este hombre, no porque esté cansado, ni porque extrañe una almohada, sino porque seguirlo requiere dejar atrás la vida que conocía, sin esperar regresar a ella sin cambios.
Entonces se acerca otro discípulo. Este ya está comprometido con Jesús.
Le pregunta: «Señor, permíteme primero ir a enterrar a mi padre».
En esa cultura, enterrar a un padre era el deber familiar más importante imaginable: sagrado, honorable, incuestionable.
Sin embargo, Jesús responde:
«Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus propios muertos».
Estas no son palabras de crueldad. Estas son palabras urgentes. Jesús dice: «Si me siguen, no podrán regresar ni siquiera temporalmente para saldar viejas obligaciones. Mi misión continúa, y si me siguen, sus pasos deben ir a la par de los míos».
En conjunto, estos dos encuentros nos enseñan una gran verdad:
Seguir a Jesús es dar un paso del que jamás debemos retroceder.
No porque Jesús quiera privarnos de comodidad,
sino porque su llamado es tan serio,
su misión tan absoluta,
su propósito tan vivificante,
que una vez que ponemos la mano en el arado, nuestro corazón no debe mirar hacia atrás.
Jesús no nos pide que lo sigamos a medias.
No pide lealtad ocasional.
No pide discípulos que regresen a sus viejas vidas cuando el camino se pone difícil.
Nos invita a un discipulado de todo corazón,
de corazón sincero y
que avanza sin cesar.
Y aquí está lo hermoso:
Jesús mismo recorrió este camino primero.
Dejó la gloria del cielo, y no había vuelta atrás hasta que la misión estuviera completa.
No tenía dónde descansar, porque no descansaría hasta lograr nuestra salvación.
Recorrió un camino sin escapatoria, sin retirada, sin posibilidad de volver atrás,
porque su amor por nosotros era inquebrantable.
Así que hoy la pregunta no es simplemente:
“¿Creeremos en Jesús?”
sino más bien:
“¿Lo seguiremos de tal manera que nuestros corazones se nieguen a volver atrás?”
¿Lo seguiremos cuando nos llame a abandonar viejos hábitos?
¿De viejos rencores?
¿De viejos miedos?
De viejas formas de vida que nos mantenían espiritualmente dormidos?
¿Lo seguiremos incluso cuando la obediencia nos cueste algo?
¿Incluso cuando signifique sacrificar la comodidad?
¿Incluso cuando exija una valentía que no sentimos?
Jesús no nos llama a una vida de desamparo.
Él nos llama a una vida con propósito santo,
una vida donde nuestro verdadero hogar no está atrás,
sino delante de nosotros: en Él.
Recordemos:
El camino al que Jesús nos llama no es fácil,
pero es el camino que nos lleva a la vida,
a la libertad,
y finalmente de regreso a la casa del Padre.
Caminemos, pues, con Él.
Demos el paso sin mirar atrás.
Y confiemos en que, dondequiera que nos lleve este camino, Jesús camina delante de nosotros, camina a nuestro lado y prepara nuestro descanso eterno al final.
Amén.