No avancé cuando Aarón pidió oro.
No porque fuera más sabio.
No porque entendiera algo mejor que los demás.
No avancé porque no tenía nada que dar.
Cuando se oyó el grito: «¡Traigan su oro, sus aretes, sus brazaletes!», el campamento se agitó como una colmena golpeada por un palo. La gente se apresuró. Las manos temblaban de urgencia. Se abrieron las bolsas. Las joyas se desprendían de cuellos y brazos con una velocidad nunca antes vista. El oro brillaba por todas partes bajo el sol, brillante como el fuego.
Y algo más brilló también.
Orgullo.
Lo vi en sus rostros incluso antes de que se formara el becerro. Una luz extraña. Alivio mezclado con triunfo. Como si se dijeran a sí mismos: «Ahora lo hemos logrado. Ahora Dios debe vernos».
Retrocedí.
No por protesta. Por ausencia.
Mi esposa no tenía aretes. Mis hijos nunca habían usado adornos. La poca plata que alguna vez tuvimos desapareció hace tiempo; la cambiamos por comida semanas antes, luego días antes, luego momentos antes. Cuando llegó el hambre, el oro se fue en silencio. No discute cuando no hay nada que comer.
Así que me quedé allí con las manos vacías mientras otros arrojaban sus riquezas al fuego.
Algunos me miraron con irritación. Otros con lástima. Unos pocos con desprecio.
Un hombre, alguien que siempre había hablado en voz alta sobre la justicia, se rió y dijo: «Ahora ves quién confía de verdad en Dios».
Me sentí pequeño. No santo. Simplemente expuesto.
Cuando el becerro empezó a tomar forma, la celebración se hizo más ruidosa. Cantos, gritos, bailes. Personas que habían tenido miedo horas antes ahora parecían confiadas, incluso victoriosas. Hablaban como si la espera hubiera terminado. Como si Dios hubiera vuelto a estar bajo control.
Y me di cuenta de algo que me asustó más que el fuego.
Ya no esperaban.
Habían hecho algo, y ahora creían que algo tenía poder.
Los vi despreciar a quienes no se unían. No abiertamente, ni con palabras, sino con esa tranquila certeza que dice: Dios nos notará primero.
Quería unirme a ellos. No porque creyera en el becerro, sino porque quería pertenecer. Quería estar dentro del círculo en lugar de al margen. Quería sentirme útil para Dios.
Pero no tenía nada que dar.
Y en ese vacío, ocurrió algo extraño.
Por primera vez desde la desaparición de Moisés, dejé de intentar resolver el problema de Dios.
No podía comprarlo.
No podía presionarlo.
Ni siquiera podía impresionarlo con sacrificios.
Solo podía esperar.
Al principio, eso se sintió como un castigo. Luego, comenzó a sentirse como un refugio.
Pensé en Moisés en la montaña, no porque supiera dónde estaba, sino porque no podía reemplazarlo. Pensé en Dios, no como algo que pudiéramos invocar, sino como Alguien que vendría o no por su propia voluntad.
Y por primera vez, comprendí que esperar no es tiempo vacío.
Esperar es confesión.
Dice: Tú eres Dios. Yo no.
Dice: Si vienes, será porque así lo has decidido.
Dice: Si no vienes, seguiré aquí.
El becerro resplandecía. Los cánticos se encendieron. La confianza de los justos ardía más que el fuego mismo.
Pero me quedé donde estaba.
No por ser fiel, sino por ser pobre.
Y en esa pobreza, me libré de la tentación de forzar la mano de Dios.
Cuando Moisés finalmente regresó y los gritos se convirtieron en terror, no me sentí reivindicado. Sentí dolor. No por el oro, sino por lo cerca que habíamos estado de confundir nuestros sacrificios con la salvación.
Más tarde, cuando el campamento volvió a quedar en silencio, comprendí algo que jamás podría haber planeado:
El oro me había excluido de la celebración.
Pero también me había protegido de la ilusión.
No perdí a Dios cuando Moisés subió a la montaña.
Casi lo perdí cuando otros intentaron derribarlo.
Y si Dios volviera a nosotros, sabía que no sería por fuego, ni becerros, ni ofrendas.
Sería porque Él decidió descender.