La historia del Miʿrāj puede fácilmente dar lugar a malentendidos. Algunos lectores podrían concluir que la crítica se dirige a los profetas mismos: a Mahoma por aceptar la reducción de las oraciones, o a Moisés por recomendarla. Nada más lejos de mi intención. De hecho, cuanto más reflexiono sobre la historia, mayor es mi admiración por ambos profetas. La crítica, si la hay, se dirige a otra parte. Se dirige a la humanidad misma y a un rasgo persistente de la condición humana que la historia expone con tanta brillantez.
En mi interpretación, la tragedia del Miʿrāj no reside en que Mahoma no aprovechara una oportunidad, ni en que Moisés se opusiera de alguna manera al Cielo. La tragedia reside en que la oferta del Cielo tuvo que ajustarse a la condición espiritual real de los seres humanos. Por lo tanto, la historia no trata principalmente de la debilidad profética, sino de la debilidad humana.
Si se toma en serio la narración en sus propios términos, la oferta inicial de cincuenta oraciones diarias parece representar una invitación a una existencia radicalmente centrada en Dios. Una vida así parece casi incompatible con los ritmos cotidianos de la existencia terrenal: trabajo constante, preocupaciones prácticas interminables, ansiedad por la supervivencia y un mantenimiento personal perpetuo. La oferta era, de hecho, una invitación a un modo de vida transformado, en el que Dios mismo proveería lo necesario para quienes se orientaran plenamente hacia Él.
Sin embargo, esta reflexión queda incompleta si se olvida un hecho simple: los profetas no viven solo para sí mismos.
Un profeta guía a un pueblo. No busca únicamente su propia realización espiritual. Es responsable de los demás, incluyendo a aquellos más débiles, más lentos, más temerosos y menos receptivos que él. El profeta no puede pedir solo lo que su propia alma desea. También debe preguntar qué es capaz de recibir su pueblo.
Desde esta perspectiva, la reducción reiterada del número de oraciones adquiere un significado diferente. Se convierte no en un alejamiento de Dios, sino en un acto de sacrificio pastoral. El profeta desciende voluntariamente de sus más altas aspiraciones para que otros tengan la oportunidad de seguirlo. Este descenso resulta doloroso precisamente porque exige al profeta considerar no solo lo ideal, sino también lo que es razonablemente soportable para el pueblo que le ha sido confiado.
El papel de Moisés en la narración cobra especial relevancia desde esta perspectiva. Moisés no es retratado como alguien que se opone al Cielo o desalienta la devoción. Más bien, aparece como un pastor de almas anciano y experimentado. Conoce a los seres humanos demasiado bien. Ha dedicado años a guiar a un pueblo difícil y a menudo rebelde. Ha presenciado la incredulidad, las quejas y la resistencia. Comprende algo que el entusiasmo juvenil suele olvidar: la gente a menudo se cansa incluso de aquello que está destinado a salvarla.
Por lo tanto, Moisés reconoce un peligro real. Mahoma podría regresar con su pueblo ofreciéndoles cincuenta oraciones y descubrir que muchos no rezarían ni una sola vez. El problema no radica en que cincuenta oraciones sean intrínsecamente indeseables, sino en que la gente podría rechazarlas por completo. En este sentido, Moisés no ofrece una recomendación cínica, sino una profundamente compasiva. No piensa en las alturas espirituales que un profeta pudiera anhelar personalmente, sino en la condición de la gente común.
La tragedia del Miʿrāj, entonces, no reside en la conducta de los profetas, sino en la condición humana que hizo necesaria tal adaptación.
De hecho, se podría ir aún más allá. La historia puede entenderse como un espejo que se refleja en cada generación. La gente suele decir que anhela a Dios, pero demuestra repetidamente un notable apego a las preocupaciones terrenales. Dedican voluntariamente enormes porciones de su vida al trabajo, el dinero, el entretenimiento, el mantenimiento de posesiones y un sinfín de obligaciones prácticas. Pasan años cargando con responsabilidades que les brindan poca satisfacción duradera. Sin embargo, cuando se trata de la oración, muchos comienzan inmediatamente a preguntar qué tan poco se requiere y cuán pronto podrán regresar a lo que llaman "la vida real".
Esto revela algo inquietante. El problema nunca ha sido la cantidad de oración en sí misma. El problema radica en la orientación del corazón.
Por lo tanto, la crítica no recae sobre Mahoma ni Moisés, sino sobre la tendencia humana general que permanece notablemente inalterada. Seguimos prefiriendo las rutinas familiares de la existencia terrenal a la posibilidad de una vida más radicalmente centrada en Dios. Nos quejamos de la carga de la oración mientras cargamos con responsabilidades mucho más pesadas sin protestar. Tememos que la devoción a Dios nos exija demasiado, mientras dedicamos voluntariamente nuestro tiempo y energía a innumerables otras actividades que no nos satisfacen verdaderamente. Vistos desde esta perspectiva, los profetas emergen no disminuidos, sino ennoblecidos. Mahoma se convierte en una figura dispuesta a renunciar a sus más altas aspiraciones por el bien de aquellos a quienes confió. Moisés se convierte en un realista compasivo cuya larga experiencia le ha enseñado la fragilidad del corazón humano. Ambos profetas demuestran disposición a soportar la debilidad ajena en lugar de abandonarla al fracaso.
El fracaso en el Miʿrāj no pertenece a los profetas, sino a la humanidad misma. Radica en nuestra persistente incapacidad de anhelar el Cielo con la plenitud que afirmamos, nuestra tendencia a aferrarnos a cargas conocidas y nuestra reticencia a confiar en que una vida centrada más plenamente en Dios no sea una carga mayor, sino una mayor libertad.
Y quizás por eso la historia sigue siendo tan poderosa. No solo nos dice algo sobre los profetas, sino también sobre nosotros mismos.