En los dos ensayos anteriores, sostuve que la parábola del rico insensato suele malinterpretarse.
En primer lugar, la historia no trata únicamente de la riqueza. Comienza con una disputa por una herencia y pone de manifiesto la insensatez de acumular bienes sin tener debidamente en cuenta la mortalidad y la sucesión. El hombre rico resuelve el problema del almacenamiento, pero ignora el problema de la herencia.
En segundo lugar, las famosas palabras:
«¡Necio!»
no tienen por qué interpretarse como un acto de condena divina. La palabra en sí misma no revela la actitud de quien la pronuncia. Dependiendo de quién la pronuncie, puede expresar preocupación, pesar, advertencia, burla o juicio. Si se entiende a Dios, a través del prisma de las enseñanzas de Cristo, como un ser amoroso y bondadoso, las palabras pueden sonar menos como una sentencia y más como la advertencia apenada de un padre que ve a su hijo querido cometer un error desastroso.
Sin embargo, sigue habiendo una pregunta. Si Dios no está condenando al hombre rico, ¿quién está reclamando su alma? La respuesta puede estar oculta en un detalle que muchos lectores pasan por alto.
El texto no dice simplemente:
«Esta noche me llevaré tu alma».
En cambio, la formulación es más indirecta. Se dice que se exige el alma. Más literalmente, la expresión apunta hacia unos exigentes sin nombre.
Esta observación plantea inmediatamente una dificultad. ¿Por qué iba Dios a exigir algo de sí mismo?
El concepto mismo de exigencia implica algo diferente.
Un rey promulga decretos.
Un creador establece la realidad.
Un juez pronuncia sentencia.
Pero una exigencia suele ser formulada por alguien que apela a una norma, un derecho o un orden jurídico existentes.
Uno no exige de sí mismo. Uno exige a otro.
Esta distinción es importante porque desvía la atención de Dios como el que exige y la dirige hacia la existencia de una reclamación legal o moral que se presenta ante Dios.
Quien formula la exigencia no parece ser el autor de la orden, sino alguien que apela a ella.
¿Quién, entonces, ocuparía ese papel?
El candidato más natural es la figura conocida a lo largo de las Escrituras como Satanás.
Esto puede parecer sorprendente, ya que mucha gente imagina a Satanás principalmente como un tentador o promotor de la inmoralidad. Sin embargo, la imagen bíblica a menudo lo presenta de manera diferente.
En el Libro de Job, Satanás no aparece como un señor del caos, sino como un acusador.
Su papel es el de fiscal.
Examina.
Desafía.
Interroga.
Busca pruebas.
Presenta acusaciones.
Este papel de fiscal puede explicar mucho más de lo que muchos creen.
La religión popular suele imaginar a Satanás regocijándose en el pecado simplemente porque el pecado es malo. Pero esta interpretación puede malinterpretar su verdadero objetivo. Consideremos el mandamiento:
«No robarás».
Supongamos que un hombre roba. ¿Qué es exactamente lo que le interesa a Satanás en ese momento? ¿Es el robo en sí mismo?
Quizás no.
El robo es meramente una prueba. El verdadero problema yace más allá. Al robar, el hombre ha declarado prácticamente que sus propios deseos prevalecen sobre la voluntad de Dios. El acto externo revela el estado interior.
El robo no es la acusación. El robo es la prueba.
El mismo principio se aplica a cualquier otro fallo.
La mentira.
La codicia.
El orgullo.
La crueldad.
Ninguna de estas cosas es, en última instancia, importante solo por el acto externo en sí. Importan porque revelan algo más profundo sobre la relación entre el corazón humano y Dios.
La acusación nunca es, en esencia:
«Este hombre ha robado».
La acusación es:
«Este hombre se ha colocado por encima de Dios».
El acto simplemente lo demuestra.
En este marco, el papel de Satanás no es principalmente crear el mal. Su papel es poner de manifiesto en qué punto una persona ya ha dejado de reconocer a Dios como Dios.
La prueba práctica puede variar. La acusación siempre se refiere a lo mismo.
El rico insensato ofrece un ejemplo perfecto. Muchos lectores dan por sentado que el gran pecado del rico es la riqueza. Otros suponen que es la codicia. Otros se centran en el hecho de no haber ayudado a los pobres. Sin embargo, lo más llamativo del discurso de este hombre es algo completamente distinto.
Dice:
«Tienes muchos años acumulados para ti».
La afirmación parece inofensiva.
En realidad, encierra una suposición profunda. El hombre habla como si el futuro le perteneciera. Ha ido más allá de poseer grano. Ha ido más allá de poseer graneros. Ahora se comporta como si el mañana le perteneciera. Ahí es donde surge la verdadera acusación.
No es:
«Este hombre posee riquezas».
Sino:
«Este hombre se cree a salvo al margen de Dios».
Las palabras del rico insensato se convierten en pruebas en su contra. Su propia boca revela el estado de su corazón. Se ha vuelto prácticamente autosuficiente. Y la autosuficiencia no es meramente un error de planificación. Es una negación del estatus único de Dios. El hombre ha comenzado a ocupar un lugar que solo pertenece a Dios.
Esta interpretación también explica por qué Satanás tendría interés en el asunto. El fiscal no acusa al hombre rico porque haya almacenado grano. El fiscal lo acusa porque sus propias palabras revelan su independencia de Dios.
El argumento sería sencillo:
«Tú le concediste la libertad de elegir.
Mira lo que ha elegido.
Sus propias palabras testifican en su contra.
Confía en sí mismo más que en Ti».
La acusación, por lo tanto, se refiere a la orientación del hombre más que a sus posesiones.
Esta interpretación arroja luz sobre la extraña posibilidad de que la jactancia del hombre rico pudiera haber tenido lugar inmediatamente antes de su muerte. Quizás la riqueza en sí misma nunca fue la cuestión decisiva. Quizá lo decisivo fue que la prueba final reveló lo que realmente había en su corazón.
Los graneros no eran el problema. El grano no era el problema. La herencia no era el problema.
El problema era la confianza. La confianza en que el mañana le pertenecía. La confianza de que su futuro estaba asegurado gracias a sus propios planes. La confianza de que podía decirle a su alma:
«Muchos años».
cuando ni siquiera el día siguiente le pertenecía.
Desde esta perspectiva, las palabras de Dios se vuelven aún más conmovedoras. El hombre rico no se enfrenta a un Dios ansioso por destruirlo. Se enfrenta a un Dios que ve el peligro que el propio hombre no ve.
La acusación proviene de otra parte. La prueba sale de los propios labios del hombre. La tragedia no radica en la hostilidad divina, sino en el autoengaño humano.
El rico insensato imaginaba que había asegurado su vida porque había asegurado su riqueza. Sin embargo, la vida no puede asegurarse mediante la riqueza. Y el alma no puede asegurarse mediante la autosuficiencia. Al final, no son las posesiones del hombre rico las que testifican en su contra. Son sus propias palabras.
Creía que poseía el mañana. Y precisamente en esa creencia reveló que había olvidado quién es quien verdaderamente lo posee. Así pues, la tragedia final de la parábola no es que muriera un hombre rico.
Todo hombre muere.
La tragedia es que, en el mismo momento en que se reveló su corazón, habló como si ya no necesitara a Dios.
Y esa es la prueba sobre la que el acusador fundamenta su demanda.